La Matanza y San Justo.

La Matanza, este pago de más de 400 de existencia, tuvo su ciudad cabecera, San Justo, hace apenas 153 años. Los dueños de estas tierras, la esposa, Doña Salome Cascallares y los herederos de don Justo Villegas, aparecen como donantes de los terrenos necesarios para la creación de esta ciudad, allá por 1856 y en diciembre del 56 se coloca la piedra fundamental que da origen a este pueblo, adoptando el nombre de San Justo, en reconocimiento a la memoria de Don Justo Villegas, dueño de estas tierras desde 1822 y fallecido en 1850.

Desde sus primeros días  se motorizó la creación del templo, para lo cual la misma familia Villegas aportó  una suma de dinero, que junto al aporte vecinal, permitió la humilde capilla inicial en 1858, y la parroquia para 1862, de la mano de su primer párroco, don Juan Cademartori. Poco a poco San Justo iría teniendo sus primeras instituciones y es en el siglo XX que llega la luz eléctrica, teléfonos, empedrados, medios de transporte, clubes,  asociaciones mutuales, el imponente edificio gótico de su catedral, hoy ya mutilado, su nuevo palacio municipal, junto a la incipiente instalación de algunas industrias, que llegarían en vendaval en la segunda mitad del siglo.

Es precisamente en esos tiempos en que pasamos del crecimiento vegetativo, al crecimiento aluvional. En el censo de 1947 el distrito cuenta con 97 mil habitantes, diez años más tarde, para 1960, se registrarían 400 mil.  Más de 6 mil industrias y 45 mil comercios se fueron instalando, en estos años y en los siguientes. Las quintas de los alrededores de la ciudad, se fueron transformando en barrios populosos, con una alta densidad de población por Km. cuadrado, con unas enormes carencias de servicios, con una urbanización improvisada, contando casi exclusivamente con la férrea vocación de progreso de los recién llegados, inmigrantes y provincianos, que codo a codo fueron “haciendo” estos barrios de La Matanza.

Es por ello que La Matanza y San Justo, tiene en su breve, pero rica historia,  en algunos personajes destacados, entre quienes fueron los dirigentes de esa epopeya, pero también es cierto que cuenta con miles de historias y anécdotas de vecinos, emprendedores, ingeniosos, trabajadores, esforzados pioneros, que la historia de nuestro pago, no puede ni debe ignorar. Siempre se me ocurre, en esta labor de rescatar estas historias, que son como la presa de un pollo. Los huesos que sostienen el alimento, son primordiales, pero la sustancia que lo rodea, le da el verdadero sentido al bocado y más de una vez hacemos macro-historia, hablando de intendentes, jefes políticos, profesionales destacados, visionarios del camino a seguir, pero los auténticos constructores, son sin dudar, los miles y miles de vecinos, que pusieron y ponen el pellejo, para llevarlo a cabo.

La antigua cultura de “la minga”, esa de ayudarse entre vecinos, cuando la tarea por hacer, excede el componente familiar, se ha dado en nuestros barrios, de una manera fenomenal, terminando casi siempre, luego de subir un tanque de agua, colocar un techo, llenar una loza, en una cordial comida alrededor de una mesa común, entre personas que solo tienen en común, la habitar una misma geografía y compartir necesidades y ganas de progresar, sobre todo, la de “parar un techo” para su familia. Luego vendrán otras necesidades, una sociedad de fomento donde discutir y organizar, desde la llegada de un asfalto, un medio de transporte, la salita de primeros auxilios, hasta la vida cultural del barrio, entre todas ellas, la llegada de una escuela. Así fue y así es la realidad de los barrios de nuestro distrito, incluida, la de su ciudad cabecera, San Justo.

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